Apago el móvil. Se me está olvidando de un tiempo a aquí qué es tener un rato para mí en el que ni siquiera en el pensamiento esté rondando una idea o una persona concreta. Me he entretenido hace dos minutos viendo un programa grabado que consistía en una entrevista a Antonio Gala por Lorena Berdún, quien por cierto no tiene ni idea de entrevistas, y mientras me decían que no sabían qué rumbo tomar conmigo.
La inestabilidad... ¿La vida es estable acaso? ¿qué parte de nosotros se despierta cada día igual, quiere siempre lo mismo, no sufre cambios de humor y siempre sonríe? Cuando la vida no sonríe al cien por cien no quiero molestarme (creo que es perder el tiempo... "eres demasiado práctica", me dijeron hace poco) en sonreírla yo también a ella. ¿Qué ha hecho por mí?, me pregunto. Y esta cuestión forma parte de mi problema existencial de qué hacemos en la vida, hacia dónde vamos y para qué tanto sufrimiento, problema existencial por lo visto del resto de los mortales. Antonio Gala decía: "la vida lleva a la muerte", en la entrevista. Es verdad. No morimos nosotros, muere la vida. Nosotros ya nos dejamos ir muriendo poco a poco, nos vamos dejando matar poco a poco o incluso nos condenamos a la muerte y el fracaso, esa palabra que tanto miedo me da, precisamente teniendo miedo por todo.
Estoy muerta de miedo, esa es la verdad. De un tiempo a aquí me reivindico entera, quiero ir recuperando las partes de mí que he dejado en otros. Me reivindico perfecta, atenta, amable... Y no soy ninguna de esas cosas. Me reivindico distinta, creo, mi problema también fundamental: no reivindicarme tal y como soy. Y por eso quizá transmito esa inestabilidad que me echan en cara mientras veo a Antonio Gala hablando maravillosamente, como habla él, y me da por pensar por qué amamos y me da por escribirle a este sujeto en cuestión (sujeto porque esta relación parece una prueba psicológica entre locos) que el amor verdadero, el primero y el último, es tormentoso y apasionado, inestable, sufrido... Qué shopenhauariana me estoy volviendo! Y que la estabilidad llega una vez pasado el tiempo, una vez nos conozcamos.
Quizá también huyo de la repetición de gestos, palabras y sobre todo hechos y estados mentales y sentimentales. La estabilidad que me reivindican me llevó hace no mucho al fracaso (otra vez la palabra) sentimental, al cansancio y la monotonía. Pero ser inestable no quiere decir para mí no querer, sino querer demasiado. Me provoca sentimientos extremos, ese, mi tándem perfecto que ahora está dejando de ser perfecto o está hastiado de serlo tanto. Un minuto sí, el otro no. Te quiero y te odio... Todo vuelve a las raíces, como el dicho popular de "ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio".
Alguien dijo: "Estamos condenados al significado" y yo creo que en realidad estamos condenados a no saber nunca nada firme, a no saber, directamente. ¿Cómo voy a ser estable?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario