La gente habla del suicidio como quien habla de un tema literario. Ciertamente lo es. Pero lo es cuando no se conoce de cerca, cuando no se ha vivido. Lógicamente, si se habla de ello es porque no se ha vivido en primera persona, pero quiero decir cuando no se ha vivido en el entorno.
La gente habla por hablar, igual que otros escribimos por escribir depende de cómo se conciba, o acaso escribimos por una necesidad, una cuestión casi social, por aquello de dar a luz a ese hijo nuestro que llevamos dentro los periodistas que nos lleva a ser un poco egocéntricos y pensarnos, como lo hicieran ya los románticos del siglo XIX, que acaso estamos aquí para salvar al mundo con nuestras informaciones. Pero esa es otra cuestión.
Y hablando por hablar, decimos, por ejemplo, cerca, al hablar del suicidio. Cerca es, sin embargo, una vecina, el amigo de un amigo mío, una compañera de clase... Y eso no es cerca. Igual que algunos tendemos a los absolutos al hablar (yo soy un claro ejemplo), otros tienden a aprovecharse de esa característica del lenguaje que es la arbitrariedad para dar el significado que se quiere a las palabras. Así construimos el mundo: amando mientras matamos, sintiendo que lo cercano en vez de ser ajeno, como es, es propio, y equivocando términos constantemente, lo que provoca que los demás no nos entiendan.
Yo tampoco pretendo que se entienda en estas líneas, ni siquiera posiblemente que se me lea "bien". La cuestión es que así tampoco entendemos el suicidio, ni su significado ni mucho menos las razones que conducen a él, ni su parte literaria e idílica.
Yo había oído que cuando alguien se suicida los esfínteres se relajan y los ojos también. Eso era lo que quería saber a toda costa. Había oído que la gente de alrededor se queda apesadumbrada, que fulanita se había suicidado por la tele y que los que lo habíamos visto habíamos dicho: "Dios mío, cómo puede hacerlo, qué pena". Y había visto y sobre todo experimentado que después, una vez apagado el televisor, practicábamos eso de "a otra cosa, mariposa".
El suicidio no es así.
Hace tiempo escribí un relato sobre una mujer que se suicida ahorcándose. Le llaman por teléfono cuando ya es tarde y éste suena sobre su mesa, vibra, como en sustitución a esa vibración corporal, a esos latidos, que nos dicen que estamos vivos. Qué ironía que hace apenas un mes ese relato se me volvió realidad. La imaginación y lo real no están tan separados, como la cordura y la locura. Sólo hay una delgada línea divisoria que se rompe en un momento dado, como también entre la vida y la muerte, que es un instante; como también entre pensar y actuar.
Y actuó. No era posible. Recuerdo ahora uno de los versos de Bécquer que me gustaban mucho que hablaba sobre una noticia repentina, ahora no sé si de una muerte, pero que en todo caso recuerdo que decía: "Cuando me lo contaron sentí el frío...". Yo, cuando lo supe (aunque no lo sabía del todo) me eché a temblar.
Las personas nos bloqueamos ante situaciones así. Bajé corriendo las escaleras ante los gritos. Lo había intuido, no había sido capaz de dormirme y mi tándem perfecto y yo habíamos discutido. No era una crónica de una muerte anunciada. Yo pensé, en medio del caos mental y físico y emocional, que estaría en el hospital, que debía de haberse tomado pastillas pero mi mente se resistía a comprender que pudiera haber sido de otro modo.........
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