viernes, 16 de mayo de 2008

El suicidio II

....... Y entonces omprendí. No quise asimilarlo, pero lo comprendí. Una frase me lo aseguro: Pero, ¿cómo ha sido?", "Creo que se ha ahorcado".
Ni todas las clases de redacción periodística, ni las frases hechas, ni los relatos, ni las palabras pueden reconstruir un momento así. Quizá, lo más entendible, fuera el silencio, el vacío, el miedo, el no saber...
Subí de nuevo corriendo. Cogí el teléfono. "Llámame, se ha suicidado. Por favor, por favor..." conseguí escribir. tardó un rato la respuesta. Me eché a temblar, daba vueltas por la habitación. "¿Por qué a nosotros, por qué lo ha hecho?". Mi obsesión egoísta esos días fue que no se había despedido de nosotras, sus preferidas, que aunque había estado en casa días antes no nos había dicho nada. Mi hermana sí me dijo que habían estado hablando sobre una imagen de la tele, sobre una presentadora a la que vimos una vez que nos llevaba al colegio cuando éramos muy pequeñas. Ella no se acordó entonces. Cuando, pasado un día, consiguió llorar, abrazada a mí me dijo: "Ahora sí me acuerdo".
Hay cosas que quedan por decir. O acaso queda todo por decir. "Se ha ido sin saber cuánto le queríamos", me dijo mi hermana. Y tenía razón. Yo me agarraba a la idea de que quizá si lo hubiera sabido no se habría suicidado, de que había estado solo, de que nos había visto crecer y alejarnos a toda la familia y se había sentido solo. Mis palabras quizá podrían haberlo disuadido, podrían haber cambiado la situación... El por qué, la culpa, la rabia... Todo eso me mezclaba en la cabeza.
La misma noche del suicidio conseguí dormir, aunque no supe cómo. No recuerdo tampoco cómo me levanté. Mi hermana, que me había dicho antes "ha tomado una decisión y tenemos que respetarla" tampoco entendía entonces, ya no había decisión posible. Me quedé con la foto nuestra que había impreso, las dos vestidas de comunión, y que tenía entre sus papeles del médico. "Había pedido ayuda", era la frase que usaba para explicar a quien me llamaba lo que había ocurrido. Cuando algo así pasa todos llaman, pero nadie está realmente. Estuvo el que yo pensé que era el amor de mi vida, que resultó no serlo, que estos días ha venido a mi cabeza de nuevo.
Las noches posteriores las pasé consolada por mi tándem perfecto. Me acostaba y se venía la imagen de la habitación, la silla sin la tapa, las colillas en el cenicero, a mi cabeza. Me acostaba y me venía él a la cabeza. El tándem me abrazaba, me daba besos en la espalda, me escuchaba... "Soñarás con él", me dijo, "las personas sensibles tenéis esa suerte". Y soñé con él.
Fue a la siguiente semana de su muerte, creo. La misma noche que mi hermana también soñó con él. En ambos sueños estaba apesadumbrado y arrepentido de la decisión. Yo le decía: "Te echamos de menos", y sabía que él también a nosotras. Y pude preguntarle que por qué no se había despedido, y me dijo: "No podía despedirme de vosotras". A mi hermana le dijo que se arrepentía y que sabía lo mal que nos habíamos quedado todos.
Hoy miro su foto y pienso que era demasiado guapo. "Nuestro cumpleaños marcado por su muerte", me dijo mi hermana. El 2008 marcado, para siempre, con su muerte.
No se olvida. No se entiende.No se pasa. El dolor persiste, el dolor no pasa, no lo hace, tampoco su recuerdo. "No me he ido", le dijo también a mi hermana en el sueño. Y sé que no se ha ido. Pero le echo tanto de menos...
Anita, mi amiga anita, se echó a llorar una mañana de camino a Madrid conmigo, las dos en el bus, mientras llovía fuera. A veces también llueve dentro. Ni siquiera diluvia: es toda una tormenta que no cesa. Sigue lloviendo.... Hoy también llueve. Por eso escribo.

El suicidio

La gente habla del suicidio como quien habla de un tema literario. Ciertamente lo es. Pero lo es cuando no se conoce de cerca, cuando no se ha vivido. Lógicamente, si se habla de ello es porque no se ha vivido en primera persona, pero quiero decir cuando no se ha vivido en el entorno.
La gente habla por hablar, igual que otros escribimos por escribir depende de cómo se conciba, o acaso escribimos por una necesidad, una cuestión casi social, por aquello de dar a luz a ese hijo nuestro que llevamos dentro los periodistas que nos lleva a ser un poco egocéntricos y pensarnos, como lo hicieran ya los románticos del siglo XIX, que acaso estamos aquí para salvar al mundo con nuestras informaciones. Pero esa es otra cuestión.
Y hablando por hablar, decimos, por ejemplo, cerca, al hablar del suicidio. Cerca es, sin embargo, una vecina, el amigo de un amigo mío, una compañera de clase... Y eso no es cerca. Igual que algunos tendemos a los absolutos al hablar (yo soy un claro ejemplo), otros tienden a aprovecharse de esa característica del lenguaje que es la arbitrariedad para dar el significado que se quiere a las palabras. Así construimos el mundo: amando mientras matamos, sintiendo que lo cercano en vez de ser ajeno, como es, es propio, y equivocando términos constantemente, lo que provoca que los demás no nos entiendan.
Yo tampoco pretendo que se entienda en estas líneas, ni siquiera posiblemente que se me lea "bien". La cuestión es que así tampoco entendemos el suicidio, ni su significado ni mucho menos las razones que conducen a él, ni su parte literaria e idílica.
Yo había oído que cuando alguien se suicida los esfínteres se relajan y los ojos también. Eso era lo que quería saber a toda costa. Había oído que la gente de alrededor se queda apesadumbrada, que fulanita se había suicidado por la tele y que los que lo habíamos visto habíamos dicho: "Dios mío, cómo puede hacerlo, qué pena". Y había visto y sobre todo experimentado que después, una vez apagado el televisor, practicábamos eso de "a otra cosa, mariposa".
El suicidio no es así.
Hace tiempo escribí un relato sobre una mujer que se suicida ahorcándose. Le llaman por teléfono cuando ya es tarde y éste suena sobre su mesa, vibra, como en sustitución a esa vibración corporal, a esos latidos, que nos dicen que estamos vivos. Qué ironía que hace apenas un mes ese relato se me volvió realidad. La imaginación y lo real no están tan separados, como la cordura y la locura. Sólo hay una delgada línea divisoria que se rompe en un momento dado, como también entre la vida y la muerte, que es un instante; como también entre pensar y actuar.
Y actuó. No era posible. Recuerdo ahora uno de los versos de Bécquer que me gustaban mucho que hablaba sobre una noticia repentina, ahora no sé si de una muerte, pero que en todo caso recuerdo que decía: "Cuando me lo contaron sentí el frío...". Yo, cuando lo supe (aunque no lo sabía del todo) me eché a temblar.
Las personas nos bloqueamos ante situaciones así. Bajé corriendo las escaleras ante los gritos. Lo había intuido, no había sido capaz de dormirme y mi tándem perfecto y yo habíamos discutido. No era una crónica de una muerte anunciada. Yo pensé, en medio del caos mental y físico y emocional, que estaría en el hospital, que debía de haberse tomado pastillas pero mi mente se resistía a comprender que pudiera haber sido de otro modo.........

Un minuto sí, el otro no

Apago el móvil. Se me está olvidando de un tiempo a aquí qué es tener un rato para mí en el que ni siquiera en el pensamiento esté rondando una idea o una persona concreta. Me he entretenido hace dos minutos viendo un programa grabado que consistía en una entrevista a Antonio Gala por Lorena Berdún, quien por cierto no tiene ni idea de entrevistas, y mientras me decían que no sabían qué rumbo tomar conmigo.
La inestabilidad... ¿La vida es estable acaso? ¿qué parte de nosotros se despierta cada día igual, quiere siempre lo mismo, no sufre cambios de humor y siempre sonríe? Cuando la vida no sonríe al cien por cien no quiero molestarme (creo que es perder el tiempo... "eres demasiado práctica", me dijeron hace poco) en sonreírla yo también a ella. ¿Qué ha hecho por mí?, me pregunto. Y esta cuestión forma parte de mi problema existencial de qué hacemos en la vida, hacia dónde vamos y para qué tanto sufrimiento, problema existencial por lo visto del resto de los mortales. Antonio Gala decía: "la vida lleva a la muerte", en la entrevista. Es verdad. No morimos nosotros, muere la vida. Nosotros ya nos dejamos ir muriendo poco a poco, nos vamos dejando matar poco a poco o incluso nos condenamos a la muerte y el fracaso, esa palabra que tanto miedo me da, precisamente teniendo miedo por todo.
Estoy muerta de miedo, esa es la verdad. De un tiempo a aquí me reivindico entera, quiero ir recuperando las partes de mí que he dejado en otros. Me reivindico perfecta, atenta, amable... Y no soy ninguna de esas cosas. Me reivindico distinta, creo, mi problema también fundamental: no reivindicarme tal y como soy. Y por eso quizá transmito esa inestabilidad que me echan en cara mientras veo a Antonio Gala hablando maravillosamente, como habla él, y me da por pensar por qué amamos y me da por escribirle a este sujeto en cuestión (sujeto porque esta relación parece una prueba psicológica entre locos) que el amor verdadero, el primero y el último, es tormentoso y apasionado, inestable, sufrido... Qué shopenhauariana me estoy volviendo! Y que la estabilidad llega una vez pasado el tiempo, una vez nos conozcamos.
Quizá también huyo de la repetición de gestos, palabras y sobre todo hechos y estados mentales y sentimentales. La estabilidad que me reivindican me llevó hace no mucho al fracaso (otra vez la palabra) sentimental, al cansancio y la monotonía. Pero ser inestable no quiere decir para mí no querer, sino querer demasiado. Me provoca sentimientos extremos, ese, mi tándem perfecto que ahora está dejando de ser perfecto o está hastiado de serlo tanto. Un minuto sí, el otro no. Te quiero y te odio... Todo vuelve a las raíces, como el dicho popular de "ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio".
Alguien dijo: "Estamos condenados al significado" y yo creo que en realidad estamos condenados a no saber nunca nada firme, a no saber, directamente. ¿Cómo voy a ser estable?